Ofrenda 256 para mi Glorioso árbol agradecido 2020.
1. Cuando realmente hayas entendido esto, y lo mantengas
firmemente en tu conciencia, ya no intentarás hacerte daño ni hacer de tu
cuerpo un esclavo de la venganza. No te atacarás a ti mismo, y te darás cuenta
de que atacar a otro es atacarte a ti mismo. Te liberarás de la demente
creencia de que atacando a tu hermano te salvas tú. Y comprenderás que su
seguridad es la tuya, y que al sanar él, tú quedas sanado.
2. Tal vez no entiendas en un principio cómo es posible que la
misericordia, que es ilimitada y envuelve todas las cosas en su segura
protección, pueda hallarse en la idea que hoy practicamos. De hecho, esta idea
puede parecerte como una señal de que es imposible eludir el castigo, ya que el
ego, ante lo que considera una amenaza, no vacila en citar la verdad para
salvaguardar sus mentiras. Es incapaz, no obstante, de entender la verdad que
usa de tal manera. Mas tú puedes aprender a detectar estas necias maniobras y
negar el significado que parecen tener.
3. De esta manera le enseñas también a tu mente que no eres un
ego. Pues las formas con las que el ego procura distorsionar la verdad ya no te
seguirán engañando. No creerás que eres un cuerpo que tiene que ser
crucificado. Y verás en la idea de hoy la luz de la resurrección, refulgiendo
más allá de todos los pensamientos de crucifixión y muerte hasta los de
liberación y vida.
4. La idea de hoy es un paso que nos conduce desde el cautiverio al
estado de perfecta libertad. Demos este paso hoy, para poder recorrer
rápidamente el camino que nos muestra la salvación, dando cada paso en la
secuencia señalada, a medida que la mente se va desprendiendo de sus lastres
uno por uno. No necesitamos tiempo para esto, sino únicamente estar dispuestos.
Pues lo que parece requerir cientos de años puede lograrse fácilmente -por la
gracia de Dios- en un solo instante.
5. El pensamiento desesperante y deprimente de que puedes atacar a
otros sin que ello te afecte te ha clavado a la cruz. Tal vez pensaste que era
tu salvación. Mas sólo representaba la creencia de que el temor a Dios era
real. ¿Y qué es esto sino el infierno? ¿Quién que en su corazón no tuviese
miedo del infierno podría creer que su Padre es su enemigo mortal, que se
encuentra separado de él y a la espera de destruir su vida y obliterarlo del
universo?
6. Tal es la forma de locura en la que crees, si aceptas el
temible pensamiento de que puedes atacar a otro y quedar tú libre. Hasta que
esta forma de locura no cambie, no habrá esperanzas. Hasta que no te des cuenta
de que, al menos esto, tiene que ser completamente imposible, ¿cómo podría
haber escapatoria? El temor a Dios es real para todo aquel que piensa que ese
pensamiento es verdad. Y no percibirá su insensatez, y ni siquiera se dará
cuenta de que lo abriga, lo cual le permitiría cuestionarlo.
7. Pero incluso para cuestionarlo, su forma tiene primero que
cambiar lo suficiente como para que el miedo a las represalias disminuya y la
responsabilidad vuelva en cierta medida a recaer sobre ti. Desde ahí podrás
cuando menos considerar si quieres o no seguir adelante por ese doloroso
sendero, mientras este cambio no tenga lugar, no podrás percibir que son
únicamente tus pensamientos los que te hacen caer, presa del miedo, y que tu
liberación depende de ti.
8. Si das este paso hoy, los que siguen te resultarán más fáciles.
A partir de aquí avanzaremos rápidamente, pues una vez que entiendas que nada,
salvo tus propios pensamientos, te puede hacer daño, el temor a Dios no podrá sino
desaparecer. No podrás seguir creyendo entonces que la causa del miedo se
encuentra fuera de ti. Y a Dios, a Quien habías pensado desterrar, se le podrá
acoger de nuevo en la santa mente que Él nunca abandonó.
9. El himno de la salvación puede ciertamente oírse en la idea que
hoy practicamos. Si es únicamente a ti mismo a quien crucificas, no le has
hecho nada al mundo y no tienes que temer su venganza ni su persecución. Tampoco
es necesario que te escondas lleno de terror del miedo mortal a Dios que la
proyección oculta tras de sí. Lo que más pavor te da es la salvación. Eres
fuerte, y es fortaleza lo que deseas. Eres libre, y te regocijas de ello. Has
procurado ser débil y estar cautivo porque tenías miedo de tu fortaleza y de tu
libertad. Sin embargo, tu salvación radica en ellas.
10. Hay un instante en que el terror parece apoderarse de tu mente de
tal manera que no parece haber la más mínima esperanza de escape. Cuando te das
cuenta, de una vez por todas, de que es a ti mismo a quien temes, la mente se
percibe a sí misma dividida. Esto se había mantenido oculto mientras creías que
el ataque podía lanzarse fuera de ti y que éste podía devolvérsete desde
afuera. Parecía ser un enemigo externo al que tenías que temer. Y de esta
manera, un dios externo a ti se convirtió en tu enemigo mortal y en la fuente
del miedo.
11. Y ahora, por un instante, percibes dentro de ti a un asesino que
ansía tu muerte y que está comprometido a maquinar castigos contra ti hasta el
momento en que por fin pueda acabar contigo. No obstante, en ese mismo instante
es el momento en que llega la salvación. Pues el temor a Dios ha desaparecido. Y
puedes apelar a Él para que te salve de las ilusiones por medio de Su Amor,
llamándolo Padre y, a ti mismo, Su Hijo. Reza para que este instante llegue
pronto, hoy mismo. Aléjate del miedo y dirígete al amor.
12. No hay un solo Pensamiento de Dios que no vaya contigo para
ayudarte a alcanzar ese instante e ir más allá de él prontamente, con certeza y
para siempre. Cuando el temor a Dios desaparece, no queda obstáculo alguno
entre la santa paz de Dios y tú. ¡Cuán benévola y misericordiosa es la idea que
hoy practicamos! Acógela gustosamente, como debieras, pues es tu liberación. Es
a ti a quien tu mente trata de crucificar. Mas tu redención también procederá
de ti.


No hay comentarios.:
Publicar un comentario