Ofrenda 208 para mi árbol de dorados frutos que es mi vida.
Lección 135 Si me
defiendo he sido atacado.
¿Quién se defendería a sí mismo a menos que creyese que ha sido atacado,
que el ataque es real y que defendiéndose es cómo puede salvarse? En esto
radica la insensatez de las defensas, las cuales otorgan absoluta realidad a
las ilusiones y luego intentan lidiar con ellas como si fuesen reales. Actúas
basándote en la creencia de que tienes que protegerte de lo que está ocurriendo
porque ello encierra una amenaza para ti.
Sentirte amenazado es el reconocimiento de una debilidad inherente; es,
asimismo, la creencia de que hay un peligro que tiene el poder de incitarte a
que busques una defensa apropiada. El mundo está basado en esta creencia
demente. Y todas sus estructuras,
pensamientos y dudas, sus castigos y su pesado armamento, sus definiciones
legales y sus códigos, su ética, sus líderes y sus dioses, no hacen sino
perpetuar esta sensación de amenaza.
Las defensas son atemorizantes. Surgen del miedo, el cual se
intensifica con cada defensa adicional.
Examinemos en primer lugar qué es lo que defiendes. Debe ser algo
muy débil y vulnerable. Algo que es presa fácil, incapaz de protegerse a
sí mismo y que, por lo tanto, necesita que tú lo defiendas.
Debe ser tu cuerpo, sin embargo, tu
cuerpo no necesita ninguna defensa. El cuerpo se mantendrá fuerte y saludable
si la mente no abusa de él asignándole funciones que no puede cumplir,
propósitos que están fuera de su alcance y elevadas metas que no puede
alcanzar. Tales intentos ridículos, aunque celosamente atesorados, son la
fuente de los múltiples y dementes ataques a que lo sometes. Pues el
cuerpo parece frustrar tus esperanzas, tus valores y tus sueños, así como no
satisfacer tus necesidades.
Defiende el cuerpo y habrás atacado a tu mente. Pues habrás visto
en ella las debilidades, las limitaciones, las faltas y los defectos de los
cuales crees que el cuerpo debe ser liberado. De este modo, no podrás ver
a la mente como algo separado de las condiciones corporales. Y
descargarás sobre el cuerpo todo el dolor que procede de concebir a la mente
como frágil, limitada y separada de las demás mentes y de su Fuente.
Estos son los pensamientos que necesitan curación, y una vez que hayan
sido corregidos y reemplazados por la verdad, el cuerpo gozará de perfecta
salud. La verdad es la única defensa real del cuerpo.
La mente que ha sanado no planifica. Simplemente lleva a cabo los
planes que recibe al escuchar a una Sabiduría que no es la suya. Espera
hasta que se le indica lo que tiene que hacer, y luego procede a
hacerlo. No depende de sí misma para nada, aunque confía en su capacidad
para llevar a cabo los planes que se le asignan. Descansa serena en la
certeza de que ningún obstáculo puede impedir su avance hacia el logro de
cualquier objetivo que sirva al gran plan que se diseñó para el bien de
todos.
Forzar al cuerpo a que se amolde a los planes que una mente no curada
traza para salvarse a sí misma es lo que hace que el cuerpo enferme. En
tal caso el cuerpo no es libre para ser un instrumento de ayuda en un plan que
le ofrece mucha más protección de la que él podría prestarse a sí mismo, y que
por un tiempo requiere de sus servicios. Cuando se utiliza con este propósito,
la salud está asegurada. Pues todo aquello de lo que la mente se valga
para tal fin funcionará perfectamente y con la fortaleza que se le ha otorgado,
la cual no puede fallar.
La mente que se dedica a hacer planes para sí misma está tratando de
controlar acontecimientos futuros. No cree que se le vaya a proveer de
todo cuanto pueda necesitar, a menos que ella misma lo haga.
¿Qué no ibas a poder aceptar si supieses que todo cuanto sucede, todo
acontecimiento, pasado, presente y por venir; es amorosamente planeado por
Aquel cuyo único propósito es tu bien? Tal vez no hayas entendido bien Su
plan, pues Él nunca podría ofrecerte dolor. Mas tus defensas no te dejaron ver Su amorosa bendición iluminando cada
paso que jamás diste. Mientras hacías planes para la muerte, Él te
conducía dulcemente hacia la vida eterna.
Esperaremos hoy con gran expectación ese momento lleno de absoluta
confianza en el presente, pues esto es parte de lo que se planeó para
nosotros. Descansaremos en la certeza de que se nos proveerá de todo cuanto podamos necesitar para
lograr esto hoy. No haremos planes acerca de cómo se va a lograr, sino que
nos daremos cuenta de que nuestra indefensión es lo único que se requiere para
que la verdad alboree en nuestras mentes con absoluta certeza.
Durante quince minutos, en dos ocasiones hoy, nos abstendremos de
elaborar planes sin sentido y de albergar pensamientos que le impidan la
entrada a la verdad en nuestras mentes. Hoy recibiremos en lugar de planear, de manera que podamos dar en vez de
organizar. Y en verdad se nos da cuando decimos: Si me
defiendo he sido atacado. Mas en mi indefensión seré fuerte. Y descubriré lo
que mis defensas ocultan.
Si en cualquier momento a lo largo del día adviertes que cosas pueriles
e insignificantes parecen ponerte a la defensiva y tentarte a urdir planes,
recuerda que éste es un día dedicado a un aprendizaje especial, y reconócelo
repitiendo lo siguiente: Ésta es mi Pascua Florida. Y quiero conservarla
santa. No me defenderé, pues el Hijo de Dios no necesita defensas contra la
verdad de su realidad.
LECCIÓN 136 La enfermedad
es una defensa contra la verdad.
Nadie puede sanar a menos
que comprenda cuál es el propósito que aparentemente tiene la enfermedad. Pues
entonces comprende también que dicho propósito no tiene sentido. Al no tener la
enfermedad causa ni ningún propósito válido, es imposible que exista. Una vez
que se reconoce esto, la curación es automática. Pues dicho reconocimiento
desvanece esta ilusión sin sentido, valiéndose del mismo enfoque que lleva a
todas las ilusiones ante la verdad, y simplemente las deja allí para que
desaparezcan.
La enfermedad no es un
accidente. Al igual que toda defensa, es un mecanismo demente de autoengaño. Y
al igual que todos los demás mecanismos, su propósito es ocultar la realidad,
atacarla, alterarla, incapacitarla, distorsionarla, tergiversarla y reducirla a
un insignificante montón de partes desarmadas.
Las defensas no son
involuntarias ni se forjan inconscientemente. Son como varitas mágicas secretas
que utilizas cuando la verdad parece amenazar lo que prefieres creer. Todo esto no puede hacerse de manera
inconsciente. Mas una vez que lo has hecho, tu plan requiere que te olvides de
que fuiste tú quien lo hizo, de manera que parezca ser algo ajeno a tu propia
intención; un acontecimiento que no guarda relación alguna con tu estado
mental; un desenlace que produce un efecto real en ti, en vez de uno que tú
mismo has causado.
La enfermedad es una decisión. No es algo que
te suceda sin tú mismo haberlo pedido, y que te debilita y te hace sufrir. Es
una decisión que tú mismo tomas, un plan que trazas, cuando por un instante la
verdad alborea en tu mente engañada y todo tu mundo parece dar tumbos y estar a
punto de derrumbarse. Ahora enfermas, para que la verdad se marche y deje de
ser una amenaza para tus falsos castillos.
La verdad sólo desea
brindarte felicidad, pues ése es su propósito. Quizá exhala un pequeño suspiro
cuando rechazas sus dones. No obstante, sabe con absoluta certeza que recibirás
lo que Dios dispone para ti. El poder de la verdad es muy superior al de
cualquier defensa, pues ninguna ilusión puede permanecer allí donde se le ha
dado entrada a la verdad. Y ésta alborea en cualquier mente que esté dispuesta
a deponer sus armas y a dejar de jugar con necedades. La verdad se puede
encontrar en cualquier momento; incluso hoy mismo, si eliges practicar darle la
bienvenida.
Este es nuestro objetivo
hoy. Dedicaremos un cuarto de hora en dos ocasiones a pedirle a la verdad que
venga y nos libere. Y la verdad vendrá, pues jamás ha estado separada de
nosotros. Tan sólo aguarda la invitación que hoy le hacemos. Introducimos dicha
invitación con una plegaria de curación para que nos ayude a. superar nuestra
actitud defensiva y permita que la verdad sea como siempre ha sido: La
enfermedad es una defensa contra la verdad. Aceptaré la verdad de lo que soy, y
dejaré que mi mente sane hoy completamente.
La mente sanará de todo
deseo enfermizo que jamás haya tratado que el cuerpo obedeciera. Ahora el
cuerpo está sano porque la fuente de la enfermedad está dispuesta a recibir
alivio. Y reconocerás que practicaste bien por lo siguiente: el cuerpo no
sentirá nada en absoluto. Si has tenido éxito, no habrá sensación alguna de
enfermedad o de bienestar, de dolor o de placer. La mente no responderá en absoluto
a lo que el cuerpo haga. Lo único que se conserva es su utilidad y nada más.
Más para conservar esta
protección es preciso que te mantengas extremadamente alerta. Si permites que
tu mente abrigue pensamientos de ataque, juzgue o trace planes para
contrarrestar cosas que tal vez puedan pasar en el futuro, te habrás vuelto a
extraviar, y habrás forjado una identidad corporal que atacará al cuerpo, pues
en ese caso la mente estará enferma.
De ocurrir esto, remédialo
de inmediato, no permitiendo que tu actitud defensiva te siga haciendo daño. No
te confundas con respecto a lo que necesita sanar, sino que di para tus adentros:
He olvidado lo que realmente soy, pues me confundí a mí mismo con mi cuerpo. La
enfermedad es una defensa contra la verdad. Mas yo no soy un cuerpo. Y mi mente
es incapaz de atacar. Por lo tanto, no puedo estar enfermo.


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