Ofrenda 184 en mi árbol de gratitud
1. Hoy volvemos a dar gracias de que nuestra
Identidad se encuentre en Dios. Nuestro hogar está a salvo; nuestra protección
garantizada en todo lo que hacemos, y tenemos a nuestra disposición el poder y
la fuerza para llevar a cabo todo cuanto emprendamos. No podemos fracasar en
nada. Todo lo que tocamos adquiere un brillante resplandor que bendice y que
sana. En unión con Dios y con el universo seguimos adelante llenos de regocijo,
teniendo presente el pensamiento de que Dios Mismo va con nosotros a todas
partes.
2. ¡Cuán santas son nuestras mentes! Todo
cuanto vemos refleja la santidad de la mente que es una con Dios y consigo
misma. ¡Cuán fácilmente desaparecen los errores y la muerte da paso a la vida
eterna! Nuestras luminosas huellas señalan el camino a la verdad, pues Dios es
nuestro Compañero en nuestro breve recorrido por el mundo. Y aquellos que
vienen para seguirnos reconocerán el camino porque la luz que nos acompaña se
rezaga; si bien, no se separa de nosotros según seguimos adelante.
3. Lo que recibimos es el eterno regalo que
hemos de dar a aquellos que han de venir después, así como a los que vinieron
antes o a los que estuvieron con nosotros por algún tiempo. Y Dios, que nos ama
a todos con el amor equitativo con el que fuimos creados, nos sonríe y nos
ofrece la felicidad que dimos.
4. Hoy no pondremos en duda Su Amor por
nosotros, ni cuestionaremos Su protección ni Su cuidado Ninguna absurda
ansiedad podrá venir a interponerse entre nuestra fe y nuestra conciencia de Su
Presencia. Hoy somos uno con Él en reconocimiento y en recuerdo. Lo sentimos en
nuestros corazones. Sus Pensamientos se encuentran en nuestras mentes y
nuestros ojos ven Su hermosura en todo cuanto contemplamos. Hoy vemos
únicamente lo amoroso y lo que es digno de amor.
5. Lo vemos en lo que aparenta ser doloroso,
y el dolor da paso a la paz. Lo vemos en los que están desesperados; en los
tristes y en los compungidos, en los que creen estar solos y amedrentados y a
todos se les devuelve la tranquilidad y la paz interior en la que fueron
creados. Y lo vemos igualmente en los moribundos y en los muertos,
restituyéndolos así a la vida. Y podemos ver todo esto porque primero lo vimos
en nosotros mismos.
6. A aquellos que saben que son uno con Dios
jamás se les puede negar ningún milagro. Ni uno solo de sus pensamientos
carece del poder de sanar toda forma de sufrimiento en cualquier persona, sea
ésta de tiempos pasados o aún por venir, y de hacerlo tan fácilmente como en
las que ahora caminan a su lado. Sus pensamientos son intemporales, y no
tienen nada que ver con el tiempo ni con la distancia.


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