Ofrenda 105 para mi árbol de gratitud
1.
La idea de hoy es la llave que te dará acceso a tus pensamientos reales, los
cuales no tienen nada que ver con lo que piensas que piensas, de la misma
manera en que nada de lo que piensas que ves guarda relación alguna con la
visión. No existe ninguna relación entre lo que es real y lo que tú piensas que
es real. Ni uno solo de los que según tú son tus pensamientos reales se parece
en modo alguno a tus pensamientos reales. Nada de lo que piensas que ves guarda
semejanza alguna con lo que la visión te mostrará.
2.
Piensas con la Mente de Dios. Por lo tanto, compartes tus pensamientos con Él,
de la misma forma en que Él comparte los Suyos contigo. Son los mismos
pensamientos porque los piensa la misma Mente. Compartir es hacer de manera
semejante o hacer lo mismo. Los pensamientos que piensas con la Mente de Dios
no abandonan tu mente porque los pensamientos no abandonan su fuente. Por
consiguiente, tus pensamientos están en la Mente de Dios, al igual que tú. Están
en tu mente también, donde Él está. Tal como tú eres parte de Su Mente, así
también tus pensamientos son parte de Su Mente.
3.
¿Dónde están, pues, tus pensamientos reales? Hoy intentaremos llegar a ellos. Tendremos
que buscarlos en tu mente porque ahí es donde se encuentran. Aún tienen que
estar ahí, ya que no pueden haber abandonado su fuente. Lo que la Mente de Dios
ha pensado es eterno, al ser parte de la creación.
4.
Nuestras tres sesiones de práctica de hoy, de cinco minutos cada una, seguirán
el mismo modelo general que usamos al aplicar la idea de ayer. Intentaremos
abandonar lo irreal y buscar lo real. Negaremos el mundo en favor de la verdad.
No permitiremos que los pensamientos del mundo nos detengan. No dejaremos que
las creencias del mundo nos digan que lo que Dios quiere que hagamos es imposible.
En lugar de ello, trataremos de reconocer que sólo aquello que Dios quiere que
hagamos es posible.
5.
Trataremos asimismo de comprender que sólo lo que Dios quiere que hagamos es lo
que nosotros queremos hacer. Y también trataremos de recordar que no podemos
fracasar al hacer lo que Él quiere que hagamos. Tenemos hoy todas las razones
del mundo para sentirnos seguros de que vamos a triunfar, pues ésa es la
Voluntad de Dios.
6.
Comienza los ejercicios de hoy repitiendo la idea para tus adentros, al mismo
tiempo que cierras los ojos. Luego dedica unos cuantos minutos a pensar en
ideas afines que procedan de ti, mientras mantienes la idea presente en tu
mente. Una vez que hayas añadido cuatro o cinco de tus pensamientos a la idea,
repite ésta otra vez mientras te dices a ti mismo suavemente:
Mis
pensamientos reales están en mi mente. Me gustaría encontrarlos. Trata luego de
ir más allá de todos los pensamientos irreales que cubren la verdad en tu mente
y de llegar a lo eterno.
7.
Debajo de todos los pensamientos insensatos e ideas descabelladas con las que
has abarrotado tu mente, se encuentran los pensamientos que pensaste con Dios
en el principio. Están ahí en tu mente, ahora mismo, completamente inalterados.
Siempre estarán en tu mente, tal como siempre lo han estado. Todo lo que has
pensado desde entonces cambiará, pero los cimientos sobre los que eso descansa
son absolutamente inmutables.
8.
Hacia esos cimientos es adonde los ejercicios de hoy apuntan. Ahí es donde tu
mente está unida a la Mente de Dios. Ahí es donde tus pensamientos son uno con
los Suyos. Para este tipo de práctica sólo se necesita una cosa: que tu actitud
hacia ella sea la misma que tendrías ante un altar consagrado en el Cielo a
Dios el Padre y a Dios el Hijo. Pues tal es el lugar al que estás intentando
llegar. Probablemente no puedes darte cuenta todavía de cuán alto estás
intentando elevarte. Sin embargo, aun con el poco entendimiento que has adquirido
hasta la fecha, deberías ser capaz de recordarte a ti mismo que esto no es un
juego fútil, sino un ejercicio de santidad y un intento de alcanzar el Reino de
los Cielos.
9.
En las sesiones de práctica cortas de hoy, trata de recordar cuán importante es
para ti comprender la santidad de la mente que piensa con Dios. Mientras
repites la idea a lo largo del día, dedica uno o dos minutos a apreciar la
santidad de tu mente. Deja a un lado, aunque sea brevemente, todos los pensamientos
que son indignos de Aquel de Quien eres anfitrión. Y dale gracias por los
pensamientos que Él está pensando contigo.


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