Ofrenda 248 para mi árbol agradecido por los dones de este curso.
1. ¿Por qué esperar al Cielo? Los que buscan la luz están
simplemente cubriéndose los ojos. La luz ya está en ellos. La iluminación es
simplemente un reconocimiento, no un cambio. La luz es algo ajeno al mundo, y
tú en quien mora la luz eres asimismo un extraño aquí. La luz vino contigo
desde tu hogar natal, y permaneció contigo, pues es tuya. Es lo único que
trajiste contigo de Aquel que es tu Fuente. Refulge en ti porque ilumina tu
hogar, y te conduce de vuelta al lugar de donde vino y donde finalmente estás
en tu hogar.
2. Esta luz no se puede perder. ¿Por qué esperar a encontrarla en
el futuro, o creer que se ha perdido o que nunca existió? Es tan fácil
contemplarla que los argumentos que demuestran que no puede existir se vuelven
irrisorios. ¿Quién podría negar la presencia de lo que contempla en sí mismo? No
es difícil mirar en nuestro interior, pues ahí nace toda visión. Lo que se ve,
ya sea en sueños o procedente de una Fuente más verdadera, no es más que una
sombra de lo que se ve a través de la visión interna. Ahí comienza la
percepción y ahí termina. No tiene otra fuente que ésta.
3. La paz de Dios refulge en ti ahora, y desde tu corazón se
extiende por todo el mundo. Se detiene a acariciar cada cosa viviente, y le
deja una bendición que ha de perdurar para siempre. Lo que da no puede sino ser
eterno. Elimina todo pensamiento de lo efímero y de lo que carece de valor. Renueva
todos los corazones fatigados e ilumina todo lo que ve según pasa de largo. Todos
sus dones se le dan a todo el mundo, y todo el mundo se une para darte las
gracias a ti que das y a ti que has recibido.
4. El resplandor de tu mente le recuerda al mundo lo que ha
olvidado, y éste a su vez, restituye esa memoria en ti. Desde ti la salvación
irradia dones inconmensurables, que se dan y se devuelven. A ti que das el
regalo, Dios Mismo te da las gracias. Y la luz que refulge en ti se vuelve aún
más brillante con Su bendición, sumándose así a los regalos que tienes para
ofrecérselos al mundo.
5. La paz de Dios jamás se puede contener. El que la reconoce
dentro de sí tiene que darla. Y los medios a través de los que puede hacerlo
residen en su entendimiento. Puede perdonar porque reconoció la verdad en él. La
paz de Dios refulge en ti ahora, así como en toda cosa viviente. En la quietud
la paz de Dios se reconoce universalmente. Pues lo que tu visión interna
contempla es tu percepción del universo.
6. Siéntate en silencio y cierra los ojos. La luz en tu interior
es suficiente. Sólo ella puede concederte el don de la visión. Ciérrate al
mundo exterior, y dale alas a tus pensamientos para que lleguen hasta la paz
que yace dentro de ti. Ellos conocen el camino. Pues los pensamientos honestos,
que no están mancillados por el sueño de cosas mundanas externas a ti, se
convierten en los santos mensajeros de Dios Mismo.
7. Éstos son los pensamientos que piensas con Él. Ellos reconocen
su hogar y apuntan con absoluta certeza hacia su Fuente, donde Dios el Padre y
el Hijo son uno. La paz de Dios refulge sobre ellos, pero ellos no pueden sino
permanecer contigo también, pues nacieron en tu mente, tal como tu mente nació
en la de Dios. Te conducen de regreso a la paz, desde donde vinieron con el
sólo propósito de recordarte cómo regresar.
8. Ellos acatan la Voz de tu Padre cuando tú te niegas a escuchar.
Y te instan dulcemente a que aceptes Su Palabra acerca de lo que eres en lugar
de fantasías y sombras. Te recuerdan que eres el co-creador de todas las cosas
que viven. Así como la paz de Dios refulge en ti, refulge también en ellas.
9. El propósito de nuestras prácticas de hoy es acercarnos a la
luz que mora en nosotros. Tomamos rienda de nuestros pensamientos errantes y
dulcemente los conducimos de regreso allí donde pueden armonizarse con los
pensamientos que compartimos con Dios. No vamos a permitir que sigan
descarriados. Dejaremos que la luz que mora en nuestras mentes los guíe de
regreso a su hogar. Los hemos traicionado al haberles ordenado que se apartasen
de nosotros. Pero ahora les pedimos que regresen y los purificamos de cualquier
anhelo extraño o deseo confuso. Y así, les restituimos la santidad que es su
herencia.
10. De esta forma, nuestras mentes quedan restauradas junto con
ellos, y reconocemos que la paz de Dios refulge todavía en nosotros, y que se
extiende desde nosotros hasta todas las cosas vivientes que comparten nuestra
vida. Las perdonamos a todas, y absolvemos al mundo entero de lo que pensábamos
que nos había hecho. Pues somos nosotros quienes construimos el mundo como
queremos que sea. Ahora elegimos que sea inocente, libre de pecado y receptivo
a la salvación. Y sobre él vertemos nuestra bendición salvadora, según decimos:
La paz de Dios refulge en mí ahora. Que todas las cosas refuljan sobre mí en
esa paz, y que yo las bendiga con la luz que mora en mí.


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