Mi ofrenda 247 Bendigo mi árbol de frutos milagrosos porque me bendigo a mí mismo.
1. Nadie puede dar lo que no tiene. De hecho, dar es la prueba de
que se tiene. Hemos hecho mención de esto anteriormente. Mas no es eso lo que
hace que sea difícil de creer. Nadie duda de que primero se debe poseer lo que
se quiere dar. Es en la segunda parte de la afirmación donde el mundo y la percepción
verdadera difieren. Si has tenido y has dado, el mundo afirma que has perdido
lo que poseías. La verdad mantiene que dar incrementa lo que posees.
2. ¿Cómo va a ser posible esto? Pues es seguro que si das una cosa
finita tus ojos físicos dejarán de percibirla como tuya. No obstante, hemos
aprendido que las cosas sólo representan los pensamientos que dan lugar a
ellas. Y no careces de pruebas de que cuando compartes tus ideas, las refuerzas
en tu propia mente. Tal vez la forma en que el pensamiento parece manifestarse
cambie al darse. No obstante, éste tiene que retornar al que lo da. Y la forma
que adopte no puede ser menos aceptable. Tiene que ser más.
3. Las ideas tienen primero que pertenecerte antes de que las
puedas dar. Y si has de salvar al mundo, tienes que primero aceptar la
salvación para ti mismo. Mas no creerás que ésta se ha consumado en ti hasta
que no veas los milagros que les brinda a todos aquellos a quienes contemples. Con
esto, la idea de dar se clarifica y cobra significado. Ahora puedes percibir
que, al dar, tu caudal aumenta.
4. Protege todas las cosas que valoras dándolas, y así te asegurarás
de no perderlas nunca. Y con ello queda demostrado que lo que no creías tener
te pertenece. Mas no le atribuyas valor a su forma. Pues ésta cambiará, y con
el tiempo no será reconocible por mucho que trates de conservarla. Ninguna
forma perdura. El pensamiento tras la forma de todo es lo que es inmutable.
5. Da gustosamente, pues con ello sólo puedes beneficiarte. El
pensamiento sigue vivo y su fuerza aumenta a medida que se refuerza al darse. Los
pensamientos se extienden al compartirse, pues no se pueden perder. No hay un
dador y un receptor en el sentido en el que el mundo los concibe. Hay un dador
que conserva lo que da, y otro que también habrá de dar. Y ambos ganarán en
este intercambio, pues cada uno de ellos dispondrá del pensamiento en la forma
que le resulte más útil. Lo que aparentemente pierde es siempre algo que
valorará menos que aquello que con toda seguridad le será devuelto.
6. Nunca olvides que sólo te das a ti mismo. El que entiende el
significado de dar, no puede por menos que reírse de la idea del sacrificio. Tampoco
puede dejar de reconocer las múltiples formas en que se puede manifestar el
sacrificio. Se ríe asimismo del dolor y de la pérdida, de la enfermedad y de la
aflicción, de la pobreza, del hambre y de la muerte. Reconoce que el sacrificio
sigue siendo la única idea que yace tras todo esto, y con su dulce risa todo
ello sana.
7. Una vez que una ilusión se reconoce como tal, desaparece. Niégate
a aceptar el sufrimiento, y eliminarás el pensamiento de sufrimiento. Cuando
eliges ver todo sufrimiento como lo que es, tu bendición desciende sobre todo
aquel que sufre. El pensamiento de sacrificio da lugar a todas las formas que
el sufrimiento aparenta adoptar. Mas el sacrificio es una idea tan demente que
la cordura la descarta de inmediato.
8. jamás creas que puedes hacer sacrificio alguno. No hay cabida
para el sacrificio en lo que tiene valor. Si surge tal pensamiento, su sola
presencia demuestra que se ha cometido un error, el cual es necesario corregir.
Tu bendición lo corregirá. Habiéndosete dado a ti primero, ahora es tuya para
que tú a la vez la des. Ninguna forma de sacrificio o de sufrimiento puede
prevalecer por mucho tiempo ante la faz de uno que se ha perdonado y bendecido
a sí mismo.
9. Las azucenas que te ofrece tu hermano se depositan ante tu
altar, junto con las que tú le ofreces a él. visión es nuestra, se la ofrecemos
a todo lo que vemos. Pues allí donde la
veamos, nos será devuelta en forma de azucenas que podremos depositar sobre
nuestro altar, convirtiéndolo así en un hogar para la Inocencia Misma, la cual
mora en nosotros y nos ofrece Su Santidad para que sea nuestra.


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